relato

Vishnik, té y pierogi

Le temblaba la mano. No recordaba la última vez que por un encargo laboral el pulso se le había acelerado de aquella manera. Incluso le había provocado un temblor desde el codo hasta el extremo de su dedo corazón. “Simone de Salvatore”, se dijo, “al responsable del matte painting de la película no se le puede permitir ninguna zozobra, así que, a trabajar”, concluyó mientras se sentaba frente al ordenador y encendía el flexo del escritorio. “Luces, cámara y acción”, pensó, y se dispuso a adentrarse en ese mundo onírico y modernista que caracterizaba a los filmes de Wes Anderson.Dejando que los dedos de su mano izquierda -con la derecha sostenía el bolígrafo digital con el que dibujaba y coloreaba- se perdieran entre su espesa cabellera negro humo, que en ese momento parecía negro marfil por la reflexión de la luz, entreabría los labios como si aspirara el aire del lejano espacio que su masa grisácea comenzaba a perfilar. “Habrás de pintar y diseñar cada una de las ventanas iluminadas en la noche, pensando en la posición de cada cortina, en la disposición de cada lámpara y en qué estarían haciendo los inquilinos”, fueron las palabras de Anderson al hablarle de ese su hotel sensacional, esa creación que le rondaba en la cabeza desde hacía unos meses y que, aseguraba el cineasta, “nos llevará a la alfombra roja”, “que no bermellón ni carmín, sino cadmio”, matizaba siempre Salvatore cuando se hablaba de los Oscar para restarle importancia pero, también, para marcar su territorio.El pintor de películas, el artesano del retoque cromático fotograma a fotograma pasó una larga hora frente a la pantalla de su Mac sin moverse ni un segundo. Con toda la destreza que pudo juntar, Salvatore trató de aplicar las técnicas del yoga que alguna vez habían ocupado una parte central de su vida; a esto sumó una improvisada sesión de hipnosis casera y la teletransportación que solo los que poseen una gran vida interior pueden lograr y, tras desconectar el móvil, se abrochó el cinturón y viajó. Viajó al Gran Hotel Budapest. Eran las nueve de la noche de un día de febrero de los años treinta en medio de un denso bosque de pinos europeo.El señor y la señora Brozky, habitación 405

– ¡Toc, toc! Servicio de habitaciones. Les traigo su botella de licor, messieurs.
– Pase, joven, pase. Y que Dios le bendiga. Mi marido y yo teníamos nostalgia de Vishnik y no pensábamos que sería tan fácil conseguir este manjar aquí. Le estamos muy agradecidos.
– No hay de que, messieurs. El dueño del hotel se enorgullece de contar entre sus amigos a muchos como ustedes, por eso siempre tiene las cosas que les complacen.
– ¿A qué se refiere, joven? ¿Como nosotros? ¿Alemanes, quiere decir?
– Sí, bueno, madame, yo realmente no sabía qué quería decir.
– Pero, explíquese, muchacho, algo habrá querido decir con eso.
– Quería decir que él tiene amigos que llevan una estrella amarilla en el brazo en el país de donde usted viene, pero son excelentes clientes aquí, sin duda alguna.
– Ya le entiendo a usted, pero eso son tonterías, joven, tonterías. Mejor no las repita porque esto es una moda pasajera, nada a lo que haya que dar importancia.
– Sí, como usted diga… Yo no sé nada… Aquí le dejo su licor de cerezas. Muy buenas noches, messieurs.
– Espere un momento, Antonín. No se vaya sin sintonizar la radio, por favor. A Händel y a mí no hay nada que más nos guste. Y corra la cortina, si no le importa, que ya no son horas.
– Por supuesto, madame y monsieur Brozky. Que descansen.

“Y después de escuchar el cuarteto para cuerda en re menor, más conocido como ‘La muerte y la doncella’ de Franz Schubert, compuesto en 1824, les dejamos con las noticias internacionales de este día: ‘En la remota región de Sichuan, en el suroeste del exótico país de La China, ha muerto el hombre más longevo de toda la historia, Li Ching Yuen, a los 256 años de edad. Más cerca de este lado del mundo, en Alemania, el Reichstag ha aprobado la Ley para solucionar los peligros que acechan al Pueblo y al Estado por la cual se otorgan plenos poderes al canciller Adolf Hitler, quien, por su parte…”.

Vishnik té y pierogi

La ceremonia del té, habitación 216

– Por favor, entre. El señor Itaru no se encuentra en este momento.
– Le traigo su azúcar cristalizada, madame.
– Es usted muy amable… y yo muy coqueta. Le cuento un secreto: es para dar brillo a los labios.
– ¿Quiere que encienda la lámpara?
– ¡No, por favor! Ni se le ocurra. Ustedes los occidentales no parecen cansarse nunca de la luz. Luz, luz y más luz. Pero las mujeres no pueden verse bonitas con tanta claridad. Necesitamos el opaco papel de arroz que evita el contraste y permite que nuestra piel empolvada se vea delicada, fina y elegante. ¿No le parece… por cierto, cuál es su nombre? Discúlpeme por no habérselo preguntado antes.
– Madame Sumiko, mi nombre es Antonín y su piel me parece de melocotón enmohecido pero francamente sedosa.
– Jajaja, Antonín, no sabe usted halagar a una mujer. En mi país algo así ofendería de forma irremediable a una dama.
– Pero usted es hermosa, madame. La más hermosa del Gran Hotel. Yo… a decir verdad… Nunca había observado cosa igual.
– ¿Cosa, dices, muchacho? Yo no soy una cosa. Sé hacer muchas cosas, sin embargo.
– No quería decir eso, es que usted me pone muy nervioso. Se mueve como una sirena fuera del mar, pues apenas separa un pie del otro, y ha de tenerle mucho aprecio a ese cojín que siempre lleva consigo.
– Sin duda alguna, me divierte su presencia, Antonín. Donde debe ver flores ve espinas pero sin embargo siente la primavera. Puede quedarse a tomar el té si sus obligaciones se lo permiten.

Entonces, Antonín vio por primera y última vez cómo se podía servir el té. Se dio cuenta de la polisemia de una acción: servir el té hasta ahora solo había significado verter un líquido humeante en una taza. Fue a partir de ese momento, tras ver cómo, a media luz, la sofisticada madame Sumiko se desenvolvía con tal gracejo y sutilidad entre las tazas y platillos, que Antonín sintió la llamada de la belleza, algo que nunca ya podría disociar de un melocotón enmohecido.

Vishnik té y pierogi

¡Fritos, no cocidos!, habitación 407

– Apellidarnos Liebling no me gusta nada, así te lo digo.
– Pero no querrás que crucemos toda Europa con mi verdadero apellido, en estos momentos Polański nos lleva al hoyo… Además, acuérdate de que no tenemos dinero para pagar este hotel de lujo y vamos a tener que salir por patas de aquí. Mejor con una identidad falsa, ¿no, cariño?
– Qué harta estoy de vivir de este modo, Ryszard. Estamos en un callejón sin salida. ¿Cómo vamos a hacer para alimentar al que va salir de este bombo? La semilla del diablo llevo aquí dentro…
– No digas eso, Bula. Estate tranquila. Ya se me ocurrirá algo. Te digo yo que este niño nos va a sacar de pobres un día. Tengo el presentimiento.
– ¿Tú crees? Como se parezca a ti… Con un fracasado tenemos bastante.
– Qué bruta eres, cariño. Seguro que se hace pianista o artista o fotógrafo, ya verás. Un dios salvaje va a ser, como tú. ¡Una fierecilla a la que domar! Ay, ¡pero qué hambre me estás dando con tus hirientes palabritas!
– Repulsión tendrían que causarte más bien… Pero ¡Ryszard! ¡Cierra las cortinas por lo menos! No, la luz no hace falta que la apagues, hace mucho que perdimos los remilgos, ¿no? Pero ve pidiendo los pierogi que ya sabes que en este estado me entra un hambre voraz.
– Lo que quiera mi niña, mi Venus de las pieles, mi amada… ¡No todos los días está uno de luna de miel!
– De luna de hiel estoy yo, Ryszard, que con estas náuseas y la funesta música de los de al lado no sé cómo me dan ganas de… Bueno, venga, cariñito… Sí, ven aquí y… así… Pero… pero, ¡amor!, que no se olviden de los pierogi y que los carguen a la cuenta. Y que los traigan fritos, ¡no cocidos! Mira que se lo hemos dicho mil veces a ese Anton-tín…
– ¡Toc, toc! Ya están listas sus empanadas pierogi y, a su gusto, cocidas con salsa ácida para el señor y la señora Liebling, ¿puedo pasar?

Vishnik té y pierogi

A Simone de Salvatore le costó mucho salir de su profundo estado de creación cuando de repente oyó a alguien golpeando la puerta del loft. Como los que dicen haber regresado de la muerte, hubo de atravesar túneles y puertas. Despertó de un letargo cercano al desmayo, casi perdió el equilibrio al levantarse de la silla. No recordaba esperar ninguna visita pero, claro, como había apagado el móvil era posible que algún amigo se hubiera acercado a saludarlo. Volvió a escuchar el toc, toc en la puerta de entrada y, un tanto desganado, preguntó antes de mirar por la mirilla: “¿Quién es?”. “¡Servicio de habitaciones!” fue todo lo que escuchó antes de perder el conocimiento.

li-750x3
Autora: María Sánchez Robles
Web: http://mariasanchezrobles.wordpress.com/

About María Sánchez Robles

Soy otro uniplural humano en este uno y diverso universo. Converso con versos musiqueándolos y teatreándolos allí donde me llaman.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>