Sentir envidia - SOMOS SUMAS

Sentir envidia: Razones y cómo gestionarla

Sentir envidia, el sentimiento menos envidiable del ser humano


Mi guía espiritual Diego Mattarucco me ha pedido un favor que he accedido a complacer: escribir para su web “Somos Sumas”. Lo que no estoy tan segura de poder satisfacer es hacerlo sobre la temática que desea contemplar en su página: artículos que hablen de la unidad del hombre o, parafraseo, de la unidad plural del ser humano. Para llegar a ese amplio, abstracto e ingenuo concepto que, sin embargo, podría llegar a darse, me gustaría comenzar desmenuzando los ingredientes que hacen que sea tan difícil para el hombre (en su sentido genérico) entenderse, hermanarse, unirse y ser feliz en sociedad. Una de sus “taras” es sentir envidia, consustancial al ser humano y experimentada por todos, una barrera franqueable que sin embargo resulta tan complicada de zafar.

“El tema de la envidia es muy español. Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: ‘Es envidiable’”. Esta frase pertenece al escritor argentino Jorge Luis Borges y está muy en consonancia con la película “El mundo sigue”, un filme maldito de Fernando Fernán-Gómez que ha vuelto a los cines después de su última proyección en 1965. Al margen de que esta interesantísima cinta debería verse en los colegios, por obra maestra, leyenda que fascinaría a cualquiera y temática universal, el ejemplo es más que bienvenido para ilustrar ese mal endémico que puede arruinarnos la vida: el sentir envidia.

Frases tan populares como “¡Qué envidia de tus vacaciones!”, “¡Qué envidia tu pelo largo y voluminoso!”, “¡Qué envidia de trabajo!”, “¡Qué envidia tu fin de semana!”, lejos de reflejar un sentimiento de admiración y dicha compartida, nos hablan más bien de un anhelo por aquello que no tenemos y cuya carencia nos hace infelices. “Envidia de la sana” es una expresión que también resulta de lo más espectacular: es como si dijéramos “asesinato del bueno” o “suicidio bendito”, es decir, es un contrasentido que no obstante es aceptado por todos y frecuentemente empleado. Con ello pretendemos decirle a nuestro amigo, conocido, familiar que “desearíamos tener su vida, su riqueza, su posición, su personalidad, su apariencia” o lo que sea que produce nuestra admiración cancerígena. ¿A qué nos conduce este sentimiento? ¿Por qué decir “¡cualquiera envidiaría su vida!” en lugar de “¡qué alegría siento por su vida!”? Simplemente porque no nos provoca dicha sino, todo lo contrario, desdicha.

Que el otro tenga más nos sitúa en posición de inferioridad porque es inevitable (otro sofisma) compararnos. Pues bien, he aquí una revelación de lo más burda: es posible, queridos seres humanos, mirarse en el otro sin tener que pasar una vara de medir sobre nuestras cabezas. Claro que no es fácil. No lo es porque estamos condicionados, inducidos, alienados y manipulados por una educación, en la mayoría de los casos, que nos incentiva erróneamente a mejorar o superarnos en la medida como lo hace fulanito, siguiendo la estela de zutanito, comportándose ante la vida como menganito. Pero nuestros padres no son los únicos que tienen la culpa: que tire la primera piedra el que nunca haya dicho “si tuviera la suerte de este”, “si fueras tan trabajador como aquel”, etc.

Reproducimos conductas porque imitar nos sitúa en el “safe side” ya que sobresalir o destacar suele llevar asociados una serie de riesgos además de que por naturaleza, al menos el español y por seguir el hilo de Borges, suele sentir miedo a manifestarse en público. Entre los riesgos de distinguirnos en un grupo está, por supuesto, el de ser diferente y por ello señalado. Ya de por sí el lenguaje que se emplea, una vez más, vuelve a tener su facultad de epifanía: “ser señalado” posee un matiz de gran negatividad porque ser identificado como distinto es estar marcado. Para ser una de estas personas tienes que tener la autoestima a prueba de bomba, una cualidad desgraciadamente a veces consecuencia de haber tenido que librar demasiadas batallas.

Otro de los riesgos de sobresalir es el miedo a que nuestros logros generen malestar en los que nos rodean. De hecho, nos dejamos llevar por el dogma de “no causar envidia” o “no despertar la envidia en los demás” hasta tal punto que muchas veces este sentimiento dirige nuestros actos y comportamientos: así, en ocasiones, no queremos contar nada sobre nuestro reciente ascenso para que nuestros amigos no se sientan mal, o para que no se sientan condicionados a pensar que desde “el ascenso nos hemos vuelto diferentes, estirados” y, tras un tiempo, acaben por hacernos el vacío social al no ser uno de los nuestros. ¿Cómo podemos vivir en el contrasentido de que, por una parte, queremos que nos vayan bien las cosas pero, por otra, en un plano subyacente, está mal visto que nos vayan bien las cosas? Sobreviviendo que es gerundio…

Un proverbio árabe dice lo siguiente: “Castiga a los que tienen envidia haciéndoles bien”. Podríamos versionarlo cambiando ese “castiga” por “retribuye a los que tienen envidia haciéndoles bien” empezando por uno mismo. Tratar nuestro sentimiento de anhelo desmedido para canalizar la energía que se nos va en la crítica y el desasosiego hacia la búsqueda de nuestro bienestar. Atrévete a llamarlo éxito sin sentirte culpable por ello ya que dejándote disfrutar de tus propios logros podrás también saborear la alegría de compartirlo con los éxitos de los demás.

Autora: MSR (para SOMOS SUMAS)

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Y tú, ¿cómo combates el sentir envidia? ¿Crees que puede tener algo de positivo? Si algo te dicta tu mente, comenta…

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About MSR

Soy otro uniplural humano en este uno y diverso universo. Converso con versos musiqueándolos y teatreándolos allí donde me llaman.

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