Niebla Unamuno

La educación a debate: cuando las lecturas obligatorias destruyen lectores

“Niebla” de Unamuno y otras lecturas obligatorias desfasadas y martirizantes

Por Félix Chacón

Algún día alguien tendrá que hacer un estudio para evaluar el daño que los profesores de lengua y literatura le hemos hecho a la literatura. Sería curioso conocer la cifra aproximada de personas que han aborrecido la lectura por nuestra culpa. Aunque no toda la responsabilidad es nuestra. Recomendar libros siempre es una tarea ardua, y más si tienes que hacerlo frente a una caterva de adolescentes con las hormonas a flor de piel y las neuronas de botellón. Tampoco ayuda el insalvable abismo generacional que se abre entre los profesores y los alumnos, y el no menos insalvable abismo cultural. Sin embargo, no es tan difícil saber en muchos casos qué libros aborrecen, que la sinceridad, a veces hiriente y poco diplomática, de estas nuevas generaciones es un valor al que no siempre sacamos el suficiente partido. Ignoro por qué muchos compañeros y compañeras de profesión, a los que no quiero presumirles maldad, estulticia o sadismo, desoyen las súplicas y los lamentos de estos pobres adolescentes y siguen infligiéndoles lecturas obligatorias desfasadas, insufribles, martirizantes.

lecturas obligatorias

En el Bachillerato estamos obligados, por currículum, a mandar lecturas relacionadas con los periodos de la historia que se estudian en cada curso, pero en la ESO son opcionales. En la ESO los profesores de literatura nos dividimos en dos grupos: los partidarios de la literatura para jóvenes y los fundamentalistas de los clásicos españoles. Estos últimos son menos, pero se sienten superiores por defender un legado cultural avalado por la tradición y los púlpitos universitarios. Algunos rechazan toda la literatura para jóvenes porque la consideran de baja calidad, otros, en cambio, solo buscan una excusa para no esforzarse en la búsqueda de libros que agraden a los alumnos. Los profesores de la ESO que preferimos los libros para jóvenes en lugar de los clásicos españoles intentamos, con mayor o menor acierto, crear lectores. En el amplio universo de lo que hemos dado en llamar literatura juvenil también hay obras maestras y escritores admirables, y mucha mierda, claro, pero no menos que la que encontramos en la literatura para adultos. La verdad, no sé muy bien qué es lo que pretenden los fundamentalistas de los clásicos españoles mandando el Cantar de Mio Cid, Fuenteovejuna o La Regenta a chicos y chicas de catorce o quince años, sin tener en cuenta que para apreciar esos libros hace falta cierta perspectiva histórica que te permita valorarlos dentro del contexto en el que fueron creados.

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He llamado antes fundamentalistas a los profesores de literatura obsesionados por los clásicos españoles porque solo la fe les puede haber convencido de que esas lecturas son sagradas e intocables. Parecen, como los fundamentalistas religiosos, personas a las que les han lavado el cerebro, personas que no ven más allá por culpa de esa niebla que llamamos cultura oficial y que intentan inocularnos en las facultades de humanidades. Conmigo no funcionó. Estudié Filología Hispánica y ya en los primeros años de la carrera comprendí que todo aquello que llamábamos historia de la literatura era una farsa, que estudiábamos la historia que habían pergeñado una serie de catedráticos admitiendo y desechando ciertas obras por conveniencias personales o por prejuicios más o menos despreciables. Cuántas obras estupendas se han quedado fuera de los libros de texto porque no sirven de ejemplo para ilustrar una corriente literaria que los catedráticos ensalzan sobre las demás. Cuántos escritores han sido injustamente olvidados por no ajustarse a los patrones de un movimiento literario. Cuántos libros y escritores tachados porque no cumplían los mínimos de pedantería exigibles para que un catedrático se sienta importante mencionándolos. Y eso por no hablar del elitismo y la afectación de un colectivo que muchas veces vive al margen del mundo real. Ya estoy deseando leer dentro de unos años la historia de la literatura española de la década de los noventa y de la primera de este nuevo siglo para enterarme por fin de los libros que debería haber leído y que seguro que ni me suenan. La leeré con el escepticismo del agnóstico y con la media sonrisa con que hojearía una revista de tendencias esnob y elitista.

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profesores sádicos y fundamentalistas han estado atormentando a sus alumnos

Supongo que parte de la culpa del cabreo que me ha llevado a escribir este artículo la tiene la relectura que acabo de hacer de Niebla, el celebérrimo libro de don Miguel de Unamuno con el que varias generaciones de profesores sádicos y fundamentalistas han estado atormentando a sus alumnos. Llevaba años evitando este libro porque el recuerdo que tenía de él era muy malo. Solo por cierto prurito profesional decidí volver a darle otra oportunidad. Había olvidado casi toda su trama –excepto el manido juego metaliterario que inevitablemente aparece en todos los libros de texto– y por un momento pensé que quizá no fuera un libro tan horrible como recordaba. Habían pasado más de veinte años desde que lo leí por primera vez. Ya no era alumno, sino profesor. Contaba con unos conocimientos mucho más amplios de la generación del 98. En fin, que llegué a pensar que podía estar equivocado. Pero no. Porque lo fundamental permanecía inalterable: yo seguía siendo yo y el libro seguía siendo el mismo.

Hemos ido ejecutando a millones de lectores.

En esta segunda lectura, Niebla me ha parecido igual de cargante, aburrido, pedante, idiota y afectado que en la primera. Hasta el juego de las contradicciones típico de Unamuno me parece tonto y pueril, contradicciones de jardín de infancia que debieron de hacer las delicias de los transgresores de mesa camilla de hace cien años y que hoy provocan vergüenza ajena. El mismo Unamuno debía de ser consciente de la mierda que estaba escribiendo y por eso se tuvo que inventar el timo de la “nivola”, una excusa como otra cualquiera para hacer una novela mala parapetándose en cierto sentido del humor que no llega ni a la categoría de chiste malo, con personajes subnormales, diálogos de oligofrénicos y soliloquios con ínfulas de tesis doctoral que no pasan de pajas mentales. He sufrido en todas y cada una de las páginas del libro. Por las estupideces que leía y porque no dejaba de pensar en los millones de jóvenes que han sido obligados a padecer ese via crucis. Y ahora solo puedo imaginarme las aulas como pequeños campos de exterminio en los que durante décadas, año tras año, evaluación tras evaluación, hemos ido ejecutando, con el convencimiento indolente del verdugo, a millones de lectores. Y no sólo por los libros malos que hemos sacralizado, sino también por haber convertido grandes obras maestras de la literatura en tareas de clase, en deberes, en exámenes. La literatura debería ser justo lo contrario.


www.felixchacon.com

Foto de Miguel de Unamuno de la portada extraída de wikipedia

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Y a ti, superviviente lector, ¿con qué lecturas obligatorias o no te ha martirizado tu querido maestro? ¿O no estás de acuerdo con lo que se dice? Si algo se menta en tu mente, comenta…

 

About Félix Chacón

Soy otro uniplural humano en este uno y diverso universo. Converso con versos musiqueándolos y teatreándolos allí donde me llaman.

26 thoughts on “La educación a debate: cuando las lecturas obligatorias destruyen lectores

  1. Pues todo es relativo. Todo depende de como el profesor se maneje, no es lo mismo ir de “colegui” que de profesor profesional que conoce lo que debe conocer y conoce bien el alumnado que tiene enfrente. Yo leía con mis alumnos, por ejemplo, El Lazarillo y El conde Lucanor en segundo y tercero de ESO y querían leer en voz alta. Nunca vi rechazo. Bien es cierto que la lectura tenía un planteamiento colectivo que no era de mandato para leer en su casa y hacer competir la lectura de El Lazarillo con la consola de videojuegos. También leía literatura juvenil, pero no con el componente de mandato como principio, aunque todos leían, por ejemplo una novelita a la que se saca mucho jugo, Boris. Incluso atacábamos El caballero de la armadura oxidada, que a Félix le parecerá un libro de autoayuda, pero que da rendimiento para leer y para más cosas. En fin que ni tanto ni tan calvo, un ten con ten bien llevado es posible y los clásícos se pueden leer si el profesor sabe cómo hacerlo.

  2. Estoy de acuerdo con Antonio Illán. En mi opinión, es labor del profesor hacer atractivos a los clásicos, y estos deben figurar en el contenido, de otra manera se generarían incultos. Dicho esto, comentarle que es muy incómodo leer en esta web moviéndose continuamente, debería considerarlo.
    Un saludo cordial.

  3. A mi me martirizaron con muchos, todo el mundo que conozco ha leído y sufrido el señor de las moscas, de Golding. Nos mandaron también ‘el guardián entre el centeno’ de Salinger. La piedra de toque me pareció insufrible. Pero mi hermana, que le mandaban libros supuestamente más amenos solo le mandaban insufribles noveluchas de amoríos de adolescentes… Habría matado al bedel porque me mandasen libros que me atraparan. Y ojo, no todos los libros fueron malos. Al final tras releer EL SEÑOR DE LAS MOSCAS, le encontré cierto mensaje. Pero no son libros para chicos y chicas de 12 años

    1. En mi caso me han dado para leer de todo, en el colegio, aunque en ese tiempo estaba tan poco centrado en la lectura y en el estudio que no recuerdo ahora títulos que me hayan marcado… Gracias, Aida, por compartir tu experiencia.

  4. Querido colega: las palabras no son, lo sabes, casi nunca ingenuas; se llenan de sentidos extraños y a veces blafematorios cuando, al colocarlas unas junto a otras, van construyendo un mundo de significados que muchas veces desborda incluso la voluntad del propo emisor.
    Llevo ensañando literatura a adolescentes desde hace tantos años, que pude haber sido uno de esos patéticos y sádicos destrozadores de ingenuas almas escolares a quienes acusas de un daño que te marcó definitivamente como lector, por lo menos como lector. Pero tus palabras no causan en mí demasiado remordimiento, te lodigo con la misma claridad que tu empleas. Y no porque considere que tus palabras sean totalmente falasas o carezcan de alguna razón o razones, sino porque de tus palabras se desprende con total claridad que tu cabeza, a pesar de todo lo moderna y abierta que pretende pintarse, no ha comprendido nada de lo que debería haber comprendido para ser profesor de lengua y literatura en el siglo XXI. ¿Qué culpa tiene Niebla, o La Regenta o el Poema de Mío Cid en todo esto? ¿Quién tiene que decidir cuándo, cómo y con qué instrumentos vas a enseñar a leer literatura a tu alumnado? ¿El Ministerio? ¿los grandes Catedráticos de las Gandes y pequeñas universidades? ¿Qué significa que entre la literatura juvenil, como entre la canónica, hay muchas obras buenas y mucha mierda? ¿Y qué tiene eso que ver con lo que debes seleccionar para enseñar a tu alumando a leer literatura? ¿Que no te gusta Niebla? tanto gusto, no vuelvas a leerla, realiza un estudios científico (o no)en el que pongas de manifiesto lo mal narrador que era Unamuno pero ¿Por qué identificas el fracaso escolar con la lectura de Niebla? ¿Quieres convertirte tú, acaso, ahora, en un catedrático estúpido que rechaza orgulloso, desde tu personal gusto y por tu real voluntad, una novela por ser una auténtica bazofia ? ¿Y si a mí, pongamos por caso, me parece una novela interesante? ¿Estás seguro que leer esa novela o algún fragmento significativo de esa novela generará algún trauma a los escolare de la ESO? ¿No dpenderá más, como con una enorme prudencia escribe el primero de los comentarios, la utilización en el aula de los texos, de las opciones didácticas, es decirde cómo se maenje el profesor en el aula y con esos u otros textos, de qué quiera que su alumando aprenda, de cómo piensa que se puede aprender a leer literatura (la que sea,amigo, literatura, sin adjetivos)?.
    En educación todo, o casi todo , es relativo; nohay verdades absolutas, ni de un sentido, ni del contrario. Leer es una aventura complicada y difìcil, solo unos pocos conseguimos convertirnos en lectorers eficientes, capaces de disfrutar leyendo y eso, al margen de los libros que “mandemos leer”, los buenos lectores somo nostros, no los libros que leemos que sin el concurso del lector son muy poco, casi nada.
    Nuestro alumnado no rechaza una novela por ser canónica o vieja o extraña ni aceepta una novela “juvenil”por ser más cercana a su contexto; nuestro alumnado rechaza leer porque no hemos sido capaces de enseñarle a leer, porque nosabe leer, porque enfrascados en una estúpida lucha entre modernos y fundamentalistas, que si son galgos, que si son podencos, hemos descuidadlo lo que ralmente debería ocuparnos: enseñar a leer a nuesto alumnado. No te engañes, amigo, que los alumnos leen en clase lo que ya son capace de leer fuera no les forma como mejores lectores, solo les confirma en su mediocridad comprensiva y humana, que muchas veces es la de sus propios profesores. El profesor de lengua y literatura debería plantearse en cada lectura que pretenda realizar con su alumnado un reto, una apuesta, una aventura, esa es la cuestión.

    1. Querido Antonio: Quien escribe esto que ahora lees, Diego Mattarucco, no es la misma persona que redactó el artículo, Félix Chacón. No sé si él te contestará, pero por mi lado te agradezco mucho tu atención y el tiempo que te has tomado para compartir lo que opinas. De eso se trata, de expresarnos. Un saludo.

    2. Lo más acertado Antonio DIez, trabajo con chicos que enseñó a leer , siempre busco lo que les puede llegar,,la lectura es vida

  5. Soy estudiante universitaria. Pienso que no es el hecho de leer clásicos lo que se convierte en tedio para los estudiantes, sino que algunos profesores los imponen y hacen ver la literatura aburrida. Por ejemplo, hacer que un grupo de estudiantes que tal vez no se haya interesado en tocar un libro en toda su vida, lea una antología de los siglos de oro, resulta complicado por el tipo del lenguaje que se utilizaba en aquella época. No es lo mismo dejar un libro para leer en casa (con un lenguaje casi inentendible en estos tiempos posmodernos) a que el catedrático se ponga a leerlo con los estudiantes y se preocupe por hacer la lectura interesante. Otro punto, es que siempre ponen los libros de acuerdo a sus gustos. Deberían preguntar a los jóvenes sus intereses e inquietudes para buscar un libro ya sea clásico o no, que la mayoría disfrute leer.

  6. Yo como lectora y no educadora, opino que los que nos gusta leer es porque encontramos interesantes las miles de historias que encontramos en los libros. Pueden ser clásicos, contemporaneos, juveniles o adultos. El problema en mi caso era como se trabajaban esos libros, tenía que leerlos, hacer listados enormes de vocabulario que luego entraban en examen, destripar los personajes, etc. Me contaban el final antes de poder llegar a ello… ¿donde estaba la emoción de la historia? ¿donde estaba el imaginar la escena o empatizar con los personajes? Yo leo, y leía entonces pero odiaba las lecturas del colegio. Me costó leer la perla de steinbeck (no por el libro en sí sino por el planteamiento) para el colegio mientras al mismo tiempo me leí en 2 noches viven.

  7. Igual resulta que los lectores potenciales son tan variados (o incluso MÁS) que los opinadores que estamos comentando por aquí. Entonces lo ideal sería combinar en la medida de lo posible todas las opciones que se plantean (si es que los currículos y normativas nos dejan, que esa también es una cuestión espinosa) y favorecer siempre cierta VARIEDAD en nuestras propuestas:
    – En las lecturas obligatorias, no es tan difícil proponer cierta capacidad de elección: todos los profes de lengua acabamos conociendo y acumulando actividades de pruebas de muchos libros por nivel. Se puede dejar que los propios alumnos voten entre ellos y acabar dejando dos o tres (a ser posible, de diferentes géneros y niveles de dificultad) para que cada uno lea lo que le resulte más atractivo o provechoso sin que resulte un suplicio para nadie.
    – Para ampliar las expectativas de lectura e ir introduciendo obras más complejas, seleccionar obras o fragmentos de cierta dificultad que se lean con ayuda, guiadas, comentadas, con explicaciones y apoyos, en grupo, adaptadas o no según convenga… tanto en clase, como habéis dicho, como en actividades complementarias (grupos de lectura y similares).
    A mí, por ejemplo, cuando estudiaba idiomas, me resultaban muy útiles esas lecturas adaptadas que vienen graduadas por nivel. Iba alternando las que me resultaban fáciles, solo para llenar el tiempo, con las del nivel siguiente, que tenía que leer más despacio, con un poco de esfuerzo y con diccionario o ayudas de otro tipo (como los cuestionarios que venían al final). Creo que para las lecturas en lengua materna puede hacerse algo parecido: no limitarnos siempre a una u otra opción, sino intentar combinarlas en la medida de lo posible, y teniendo en cuenta que en las etapas obligatorias están tanto los futuros lectores de Niebla como los que solo leerán, con suerte, la novela de moda o la biografía de su jugador de fútbol favorito.

  8. ¿Y si pruebas a hacer tertulias literarias dialógicas? Soy maestra de primaria y empecé con ellas el curso pasado. Leímos la odisea, el maravilloso mago de Oz y este curso hemos empezado con Cuento de Navidad. Están disfrutando con la lectura de clasicos y te sorprendería ver cómo razonan sus aportaciones y las relacionan con acciones ya pasadas. El hecho de compartirlo juntos les permite hacer el libro suyo y lo viven muy intensamente.
    En clase tengo niños de 6 a 12 años, es una escuela unitaria. Los más pequeños leen las páginas acordadas con ayuda de los padres, a partir de los ocho o nueve (depende del niño) ya hacen la lectura solos. Sólo te puedo decir que les encanta.

  9. Después de tantos años de docencia, me he dado cuenta de lo contraproducente que es la lectura obligatoria. Y más si están sujetas a pruebas escritas. He observado cómo se destierra, por comodidad casi siempre, la creatividad y la imaginación de nuestros alumnos. Pero acercarse a la lectura a través de la escritura, a través de las lecturas y comentarios de las propias creaciones de los alumnos, señalar que esa u otra técnica ya fue empleada por uno u otro escritor en tal novela o cuento, que la historia recuerda a otra ya leída de fulanito, etc., es un estímulo más que positivo para acercarlos a la lectura. Por mi parte, las lecturas que selecciono para mis alumnos son cuentos de varios autores y temática, de distintas geografías y épocas. Las lecturas de cada relato nos ocupa una clase y son capaces (en cuarto de secundaria, por ejemplo) de ver las diferencias entre el estilo de Horacio Quiroga o de Raymond Carver, por poner algún ejemplo. Luego sigo con ellos un Taller de escritura creativa en el que pueden imaginar y utilizar algunas de la técnicas narrativas que se les propone o que han conocido de los autores leídos.
    En definitiva, hacemos lo que podemos, en la confianza de que es lo mejor para los alumnos, en la confianza de que el conocimiento y el pensamiento les hará más libres.

  10. Mi experiencia de madre de dos hijas adolescentes: de la mayor, 1ESO, Mitos griegos, 2ESO, Mitos griegos, 3ESO, Virgilio (Mitos griegos), de la pequeña en otro instituto distinto de la mayor, 1ESO, Mitos griegos. ¿De verdad piensa algún profesor que ESTO abre las puertas de la lectura a los niños? Sinceramente, yo no. Conozco a una profesora de literatura con un master en fomento de la lectura que ha tenido, tiene y me temo que tendrá, muchos problemas con sus compañeros para conseguir organizar clubs de lectura en los institutos con lecturas “fuera” de los sempiternos clásicos por no ser “literatura seria”

  11. No he podido evitar acabar comentando (efecto procastrinación del Nanowrimo) porque me siento muy hermanado con tu opinión.
    Tuve que leer Niebla en el instituto, al igual que muchas otras lecturas obligadas. Yo era un lector ávido (mis únicas peyas en EBG fueron para quedarme un día entero leyendo Los Ojos del Dragón en el parque de la Fuente del Berro), y leí todas las que me mandaron, incluso algunas como Naúfrago de Marquez ya la había leído por mi cuenta (y disfrutado).
    En mi instituto teníamos unas lecturas obligadas y otras opcionales (a elegir por nosotros), pero he de decir que Niebla me marcó. Me marcó por lo horrenda que me pareció. En aquel momento pudo sorprenderme ligeramente el giro meta de sacar al autor en la obra (era joven y relativamente inexperto), pero recuerdo lo pesada, pomposa, recargada y aburrida que me pareció. Siempre había pensado en releerla por curiosidad ahora de adulto. Ya veo que posiblemente sea igual de plomiza, incluso peor.

    Los clásicos son clásicos por muchas razones. Algunos porque perduran por su calidad. Hay una razón para que la música “antigua” sea buena. La que era mala la hemos olvidado. Al igual que pasa con las películas. No es que antes se hiciera mejor cine, es que hay montañas de basura barridas por el tiempo. Los clásicos también son clásicos porque son viejos, o porque fueron muy relevantes en la historia. Alguien decidió que eran así y se ha perpetuado su importancia sin tener en cuenta su valor como elemento de ocio o disfrute. Y luego algunos clásicos lo son por puras razones técnicas que los profanos NO vamos a apreciar. Ciudadano Kane, por ejemplo, es, en el sentido más puro de la palabra, UNA PUTA OBRA MAESTRA. Es una obra que ENSEÑA a hacer cine, que redefine las reglas del juego, que crea escuela. Es maestra por derecho propio. A menos que alguien esté en una escuela de cine (o terriblemente interesado en la técnica), puede que le resulte aburrida, lenta y ajena. Por otro lado, Matrix también es una obra maestra en ese sentido. Crea escuela, redefine un tipo de cine… quizá se más fácil aprender de ella para un joven que de Ciudadano Kane, La Diligencia o Centauros del Desierto.

    Centrándonos en la literatura, hay, además, una buena dosis de postureo y regusto por la naftalina. Leerse Ulises de Joyce, Guerra y Paz o “Gödel, Escher, Bach” parece que convalidan para llevar gorrita y pipa. Hay que cantar loores del Quijote y besar el suelo de los clásicos.
    Pero realmente esto es basura. No existe “un buen lector” en función de lo que decide leer. Pese a que eso nos lleve a aceptar Crepúsculo como literatura válida. La literatura es un arte, y el arte pese a toda su parafernalia elitista es una forma de comunicación, simple y llanamente. Leer acerca nuevas ideas a las mentes, conocimiento, amplia horizontes. Si lo hacen las praderas de la Tierra Media o las de la Mancha es en cierto modo irrelevante. Leer es una costumbre que además debemos aprender desde pequeños, por eso cargar tostones marmóreos de gente que es completamente ajena a nuestra vida y experiencia a adolescentes es una tortura si o si. Si a esas alturas no leen por su cuenta, no creo que Niebla, El Camino o Los Cachorros les hagan coger gustillo a la lectura.
    De igual manera que si alguien no tiene preguntas metafísicas no leerá a Kant con interés, sino con horror.
    Si no vienen leyendo, lo que deberían hacer los maestros es intentar que salgan haciéndolo. Y quizá sea mejor que esa persona lea mil novelas pulp a que solo haya leído cinco libros en su vida y huya para siempre de la literatura.
    Máxime teniendo en cuenta el mundo real en el que estamos inmersos. Un mundo con una oferta cultural mucho más variada y atractiva que la que yo tuve en mi adolescencia, donde los libros se pueden oír, ver y jugar. Si quieres que un adolescente cambie la tele o el mando o youtube por un libro, más te vale que pueda competir con lo que eso ofrece. Y perdona que te diga una cosa, Niebla no lo va a conseguir.

    Por otro lado, hay clásicos mucho más cercanos a nuestra vida, que nos hablan de cosas que podemos entender, con las que podemos empatizar. El Lazarillo, bien contado, bien preparado, es un libro muy divertido. Es gamberro, canalla y hasta actual. Como pueden serlo Rinconete y Cortadillo.

    En fin, termino el rollo. Yo pasé por el instituto, sufrí con Niebla, no me quitó las ganas de leer. Acabé siendo escritor y profesor. Pero no fue, desde luego, gracias a los clásicos.

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