la puerta del diablo

La puerta del Diablo

“Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una solución: se llama embarazo”. Nietzsche.

¿A que no sabían que la palabra “tertuliano” viene de un pensador llamado Quinto Septimio Florente Tertuliano? Pues bien, a este amable tertuliano de la antigua Cartago le debemos una frase contundente: “Las mujeres son la puerta del Diablo”.

Me despierto cada día de mi vida siendo una persona. Debajo de esto resulta que soy mujer, por obra y gracia de la naturaleza. Un día como otro cualquiera, el reloj no suena a la hora convenida, razón por la cual salgo de casa corriendo con prisas. ¿Qué te pasa, mujer? ¡Menuda cara traes! Así me saluda mi jefe cuando me ve aparecer sin maquillaje.

Me han puesto una multa por exceso de velocidad y se lo explico a mis compañeros. Una de ellas dice: “¡Qué putada! Con esas pintas no podías ni usar tus encantos, tía”. Usar mis encantos. Me quedo columpiándome en esa expresión en ese contexto. Después de todo, la mujer es una cortesana, me acuerdo de Diderot.

“¡Buenos números, Ramírez!”, felicita el jefe. “Muy bien, García, un trabajo excelente cerrando el trato”. “Estuviste genial en la conferencia, María, gran precisión en los datos”. Ramírez, García, María, curiosa combinación. Podría ser Gonzalo, Enrique, María. O Ramírez, García, Robles. Pero yo pierdo mi apellido por el camino.
Cuando los estómagos rugen nos vamos en coche a comer al restaurante. Todos pedimos carne menos uno, que prefiere pescado. El camarero no duda al traer los platos: “Pescado para la señorita y carne para los caballeros, ¿verdad?”. Me parece hallar la explicación a lo de los apellidos: quizá las señoritas no tienen y los caballeros sí. Intercambio el plato y corto el entrecot suspirando. Sale un hilillo de sangre. “Guau. Creo que esa imagen me ha excitado y todo”, dice uno de mis compañeros, “ya no se ve a mujeres comer de ese modo”. “Y menos mal”, apunta otro. Todos ríen.

Como creo que no me hace gracia, se me aparece la imagen de Clitemnestra, quien apuñaló a Agamenón mientras se bañaba, o Herodías, que manipuló a Salomé para recibir la cabeza del Bautista en una bandeja; o Agripina, la madre de Nerón, quien no paró hasta terminar de desquiciar a su hijo. Con tales sujetos, me digo, no es de extrañar que la conversación tome estos derroteros:
– En el otro departamento sí que lo van a pasar mal con lo de los recortes. Son muchas mujeres y, entre las madres que se pelearán a muerte por no perder su privilegio de jornada reducida, y que generalmente las mujeres son más malas entre sí, va a haber sangre.
– Van a ir a cuchillo.
– Solo espero que la lucha sea en el barro.
Ríen de nuevo.

Me despierto cada día de mi vida siendo una persona. Debajo de esto resulta que soy mujer, y por eso soy más hija de puta con mis semejantes. Por eso la Condesa Sangrienta se bañaba en la sangre de las criadas a las que torturaba, no tenía escapatoria, lo llevaba en la sangre.

Me apetece pedir un whisky, pero no lo hago porque seguramente el camarero lo extraviaría por el camino sirviéndoselo a un hombre. De todos modos mejor, “como la mujer es débil tiene que ser astuta, por eso no se emborracha”, que decía Kant.

– Sonríe que estás muy seria, María. No te lo tomes a mal, ¿vale? Estamos de broma.
– ¿La señorita ha terminado? ¿O es señora, disculpe?
Regresamos al trabajo en el coche de uno de mis compañeros. Tres vamos atrás: piernas abiertas, piernas cerradas, piernas abiertas. ¿Adivinas cuál es mi lugar? Me siento invadida y mi humor cada vez palidece más. “Estás muy callada, María. ¿Es por lo de la multa?”. Oscar Wilde habla por mí: “No es eso, es que las mujeres nunca tienen nada que decir, pero cuando lo hacen, lo dicen encantadoramente”. “¡Oh, oh! ¡Cuidado que nos come la feminazi!”. Ríen.

Tolstoi escribió en su diario que es evidente que todos los desastres, o una enorme proporción de ellos, se deban al carácter disoluto de las mujeres. Cuando por la noche vaya a cenar con mi pareja, que es un hombre, el camarero tal vez le lleve la cuenta a él. Cuando luego vayamos a una discoteca con amigos, será gratis para las chicas, algo que nos parecerá una compensación por ser mujeres. Nos lo hemos ganado, por no ser tan fuertes como Superman, por comportarnos como señoritas toda la vida, por tener que depilarnos sí o sí, por haber llevado uniformes con falda en la escuela y camisetas que ponían “Beautiful” o “Adorable”, en lugar de “Héroe” o “Te esperan aventuras en el desierto”.

Cuando de vuelta a casa, camine sola en la oscuridad de la noche, dejando atrás esquinas lóbregas y espacios huecos que podrían albergar seres humanos entre coche y coche, y algún tipo de espaldas contra un árbol, pero no lo suficiente, de pie, manos en la bragueta, ruido de cascada, susurre “guapa”, sorprendentemente mi carácter disoluto no responderá ante tal provocación. Muy al contrario, correré. La anatomía es el destino, ya lo dijo Freud, por eso correré. Correré como el Diablo, hacia las puertas del Diablo, que habita en cada casa en la que una mujer, que es un enigma, que es una serpiente, que es una hechicera, habite.

Me despierto cada día de mi vida siendo una persona. Debajo de esto resulta que soy mujer.

 

María Sánchez Robles

About María Sánchez Robles

Soy otro uniplural humano en este uno y diverso universo. Converso con versos musiqueándolos y teatreándolos allí donde me llaman.

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